La depuración para llegar a las instancias finales toma días de sesiones maratónicas de juego. Estas sesiones se condensan en algunas horas que son las que se proyectan. Es decir, las escenas se editaban. Natural mente que se escogen las de mayor impacto, como la que inicia este capítulo. A n dudarlo, fue un bluf impresionantes pero uno de los atributos de su belleza es su singularidad.
Escenas como esta contribuyen a alimentar la idea que ya existía en el imaginario popular: que el arma fundamental que exhibe todo buen jugador de póker es la mentira, principalmente los blufs. Se produce un efecto de arrastre de esta creencia en los estratos de juego más bajo, es decir, en aquellos donde los montos de inscripción son relativamente exiguos, sobre todo en Internet. El efecto es que, en esos niveles, los jugadores tiran faroles con mucha mayor frecuencia que a medida que se asciende. Lo paradójico es que se hace a pesar de que hay muchos más dispuestos a verlo, lo que los tornan menos efectivos. Si bien es cierto que los mejores jugadores tiran faroles, no lo hacen con la frecuencia que aquellos le atribuyen. El bluf se utiliza, pero es un arma más del vasto arsenal estratégico que debe poseer un jugador de categoría.



